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INTRODUCCIÓN (ejem)

Dibujé estas historietas entre mis 24 y 31 años, la mayoría de las veces de noche, a esas horas en las que la vida cotidiana duerme y no hay interrupciones. Al mismo tiempo ilustraba manuales de grado para editoriales de textos escolares. Conté muchas veces que me quedaba trabajando hasta altas horas de la madrugada y que antes de irme a dormir dejaba dos sobres sobre la mesa de la cocina —uno para entregar a la moto de la editorial de textos escolares y el otro para la revista de historietas— y algunas noches, o más bien algunas mañanas, me sobresaltaba en medio del sueño asustada de haberme equivocado al escribir la dirección de los sobres y paranoica de que los dibujos fueran a parar a las manos equivocadas… Todas fueron publicadas entre 1986 y 1990 en las revistas de Ediciones de La Urraca —Sex Humor, Sex Humor Ilustrado y Fierro—, menos las dos páginas de Los 5 sex-tidos, que salieron en el primer número de la revista El Lápiz Japonés en 1993. La revista Sex Humor era la hermana guarra de la mítica revista Humor. En sus páginas convivían chistes sobre sexo dibujados por los mejores dibujantes del Río de la Plata, con notas serias escritas por periodistas geniales que los lectores adoraban. La revista tenía a su vez una hija menos prestigiosa llamada Sex Humor Ilustrado, toda de historietas y sin ninguna pretensión de seriedad. Para esa revista dibujé Coramina, un comic de varias páginas con encuadres de cine y secuencias mudas, lentas y simples. El personaje era una rubia linda y sensual a la que le pasaban todas las cosas que yo quería que me pasaran a mí. La primera vez que fui a la editorial a entregar las páginas di tres vueltas manzana antes de entrar. La Fiera nació un tiempo después para Sex Humor, un poco para burlarme del tipo de humor sobre sexo que hacían mis compañeros varones, donde la mujer siempre era objeto de deseo pero nunca deseaba. La Fiera estaba prendida fuego. Fea de cara pero buena de cuerpo, salía a buscar sexo a la calle desnuda bajo un impermeable. No me acuerdo cuál de mis compañeros comentó que trataba a los hombres como si fueran una aceituna: se los comía y después escupía el carozo. Dijeron que era ninfómana, misógina, homofóbica y racista, la acusaron de hembrista y a mí de ser igual o peor que los machistas, entre otras cosas por no incluir nunca un personaje masculino como héroe de mis historietas. Daniel Frentelli, El Langa, llega para refutar esta injusta acusación. Lindo, simpático, canchero, el típico muchacho de oficina que se las quiere coger a todas pero. Salió publicada en el Ilustrado de Sex Humor, donde a veces también parodiaba comics famosos, como Archie —inspirador a su manera de El Langa— y muchos otros que no están en este libro porque una cosa es mostrar lo peor y otra cosa lo más malo. Trabajar en Sex Humor estaba buenísmo, pero el sueño del pibe era publicar en la revista Fierro. Las historietas de verdad salían ahí, las historietas que podían llegar a Europa salían ahí. Para esa revista dibujé mis series más ambiciosas, con un nivel de obsesión que hoy me asusta un poco: Historias por metro, ambientada en los subtes de París (y hecha con la intención de venderla a los franceses con la misma ingenuidad de quien intenta exportar naranjas al Paraguay), y Barrio Chino, con guión de Juan Martini, una clásica historieta noir de 45 páginas publicadas en capítulos de a seis y todas las dobles sueltas con estilos diversos copiando a mis dibujantes favoritos: Hugo Pratt, José Muñoz, Guido Crepax, Moebius, Milo Manara, Loustal, Max y Angeli. Años después recorté y pegué Barro Chino y con sus partes hot armé la historieta Multiple Choice, que fue publicada en las revistas Cerdos & Peces y El Libertino a principios de los 90. Algunas páginas llegaron a publicarse en revistas europeas, como El Langa en Blue de Francia, o La Fiera en Makoki de España, pero la realidad fue que una vez que las revistas de La Urraca fueron cerrando no quedó lugar en Argentina donde seguir publicando este tipo de historietas. Por un tiempo dejé de dibujar y me dediqué a escribir guiones para televisión, hasta que me ofrecieron hacer la página de humor de una revista femenina semanal y a partir de ahí mi vida cambió para siempre… y mis historietas también. Durante mucho tiempo estas páginas me resultaron impresentables, y no por su temática sino más bien por el dibujo, la dureza del trazo, la deformidad de algunos volúmenes, el tema del cuello de los personajes —si tienen o no tienen—, si son planos o corpóreos, dibujitos o gente. En ese sentido este libro sirve también como cuaderno de ejercicios, y permite seguir la evolución de los dibujos en los cinco años en que fueron hechos —no están editados cronológicamente pero en el índice está la fecha de cada uno—. La soltura que va tomando el trazo vuelve a corroborar que, más allá del talento de cada uno, no hay cosa que no mejore con la práctica. Además de los dibujos que no me gustaban y ahora me gustan, están los textos de las historietas, toda esa cantidad de globos llenos de ideas ingenuas y palabras que ya no se usan y que decidí dejar como están porque cambiarlos hubiera sido someterlos a un lifting destinado al fracaso. Ninguna palabra puede sonar como de ahora si el personaje está usando un teléfono a disco. La primera vez que me escribieron a una revista fue a Sex Humor: un lector preguntó si Maitena era el nombre de una mujer o el apellido de un hombre. En aquel momento me resultó gracioso; hoy, casi treinta años después, pienso que era una muy buena pregunta.

 

Maitena